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    June 08

    MUJERES EN EL ARTE

     
     
    Mientras tanto, mientras trato de encontrar un hueco en el tiempo y en mi, les dejo un retraro múltiple y viviente de la historia de la mujer en la pintura...
     
     
     
     
     
    (gracias a los amigos visitantes que dejaron sus huellas en estos días...un saludo cordial)
    October 19

    CRISALIDAS DEL EXILIO

      
     
    Juan Carlos Distéfano
    Por Alejandro Zuy
    Hasta el 9 de septiembre se exhiben en la Galería Ruth Benzacar de Buenos Aires esculturas recientemente realizadas por el reconocido artista argentino Juan Carlos Distéfano en las que nuevamente cuestiona los efectos de los mecanismos del poder.
     
     
     
     
    Las obras de Juan Carlos Distéfano (Buenos Aires, n. 1933) han sido desde siempre ajenas a cualquier posibilidad de recepción indiferente.
    Su estética manifiesta contenidos que se alojan en la conciencia colectiva y que pugnan contradictoriamente por hallar en la superficie de la cotidianeidad, una existencia real y efectiva.

    Este escultor, en tanto traductor de aquellos contenidos, ha asumido a lo largo de su extensa trayectoria, una responsabilidad sobre el propio quehacer, una ética pertinente en relación al contexto total de los fenómenos sociales. Un contexto atravesado por las diferentes formas que ha adquirido la violencia en las últimas décadas, desde los prolegómenos del terrorismo de Estado en los años 70´ hasta la violencia localizada en los conflictos del presente que transitamos.

    El pasaje de la materia (poliester reforzado con fibra de vidrio) desde su condición elemental, industrial, hasta su determinación exterior como objeto estético, a partir de la intervención del artista, tampoco es disociable del proceso intelectual de creación. Su elección no es aleatoria, sino que radica en el mismo ánimo de saberse intermediario de significados.

    Por esta razón las esculturas no son violentas en sí mismas, son violentas por la inmensa carga emocional que ellas testimonian.

    Dentro del conjunto expuesto en la Galería Ruth Benzacar, las piezas de la serie denominada Kinderspelen se destacan con particular vigor porque es posible apreciar que los cuerpos representados de esos niños/adolescentes ya han sido profanados. Excluidos de y por el sistema productivo, se exhiben denigrados, despersonalizados, cosificados. Han introyectado y amplificado los instrumentos de la barbarie hasta hacerlos parte de su “normalidad” . Una normalidad que exige por parte del mismo verdugo ser renovadamente controlada y penalizada.

    Hoy en día, cuando poderosos sectores de los medios de comunicación celebran y exhiben acríticamente, en función de sus sórdidos intereses, discursos mesiánicos e irracionales acerca de la “inseguridad”, resulta particularmente valioso apartarse de esas expresiones avasalladoras con el fin de rescatar un tiempo y un espacio de reflexión como el que propone Distéfano.

    En las esculturas Por gracia recibida o En simultáneo II, hallamos otros cuerpos a los que en alguna oportunidad se les negó entidad, cuerpos a los que se les intentó sumergir y silenciar desde las instituciones que, representadas en Los iluminados muestran su histórico carácter de monstruos bifrontes.

    En este sentido la Portadora de la palabra es doblemente expresiva. En primer término porque los dibujos preparatorios revelan la meditación del artista y en segunda instancia porque logra reunir y terminar de sellar todo el sistema de complicidades cuya responsabilidad, a pesar de oportunos relevos, se sabe continuadora de trágicas glorificaciones de la fuerza.

    Es así como la totalidad acaba por configurarse ante el espectador como una suerte de anatomía política, de una puesta en escena de las consecuencias de las coerciones individuales y colectivas ejercidas por los mecanismos de poder y cuyo padecer resuena en forma de interrogación permanente. 
     
     
    He traído esta breve biografía del artista Distéfano a este plano por mera casualidad.  Revolviendo papeles de varios años, removiendo cajas, quitando el polvo de tanto viaje me encontré con un artículo del suplemento RADAR del diario argentino Página12 de septiembre de 1998.  Allí, un extenso artículo, presentaba en una nutrida entrevista (de Eduardo Iglesias Brickles y Juan Forn) con el mencionado artirta.
     
     
    Por aquel entonces estaba estudiando la carrera de periodismo. Justamente, Distéfano, estaba exponiendo en el Museo Nacional de Bellas Artes y tuvimos, como una tarea dentro de la asignatura de Estilo, que apreciar la muestra y luego escribir un relato sobre alguna de las obras del autor. Recuerdo que saludé y conversé brevemente con Distéfano y le comenté lo conmovida que estaba con su obra y sobre todo lo entusiasmada con lo peculiar de su técnica. Para mi trabajo elegí las obras "El Baño" y "El Mudo". En palabras he tratado de retratar estas esculturas en ocasión de esta exposición.

     

     

     
     
     
     

     CRISALIDAS DEL EXILIO

    Tenía la vista perdida en un punto indefinido de la pared. El vapor del baño obstaculizaba la visión. Movió el pie derecho en círculos bajo el agua caliente. Acomodó el hombro derecho, un poco hacia arriba, y giró su cabeza en el mismo sentido. El movimiento desbordó un poco la bañera provocando una escuálida catarata sobre las baldosas. Miró el toallón con desconcierto: ya estaba empapado. Por alguna razón que no pudo explicarse, tuvo la sensación de que cientos de ojos la miraban, la espiaban, la escrutaban. Tan fuerte fue la impresión que sintió ruborizarse: así, tan fresca, absolutamente desnuda, con los pechos expuestos y con las piernas abiertas, bajo el agua.

     

    Mientras ella tomaba su baño, en un absoluto abandono, él no disfrutaba del agua de la misma forma. Ya nada le dolía. Ya era insensible a cualquier estímulo. Ya no veía nada hacia fuera, y apenas podía hacerlo hacia adentro. La habitación era oscura: apenas empalidecida por una lamparita en un rincón. Estaba en una posición indefinida para sus sentidos, pero, evidentemente, debía estar arrodillado, con los brazos cruzados atrás, atadas las muñecas y sus manos incrustadas dentro del coxis. El agua le corría por la cara. Tenía un par de segundos para escupirla e inhalar un par de bocanadas de aire rancio. No pudo hablar: estaba mudo. Se acordó de Lugones, el escritor, y, por carácter transitivo, de su hijo: un comisario visionario en el arte de la persuasión.

     

     

    Algún día, decidió fundir el alma de sus personajes, todos juntos, en una misma colada. Todo un génesis. Desde el barro. Así, el primer día moldó sus primeras figuras. En el segundo las cubrió de yeso: delicadamente, con aire protector. En el tercero quitó las molduras que darían forma al personaje final. Rellenó sus intersticios con poliéster y resinas. Y des dio color. Al cuarto, y en algunos casos –buscando las transparencia del alma-, fue llenando los moldes con la colada –plástica- de la esencia que torturaba su espíritu. Al quinto día, esperó. En el sexto sopló sobre el cascarón de yeso que luego picó hasta hacerlo desaparecer. Así nació su figura, con la transparencia y brillantez de la inspiración divina, en exacta reproducción de los materiales de la naturaleza. Al séptimo, la admiró.
     
    También corrían para él los años de plomo, pero los tradujo –con prístina elocuencia- en concavidades y convexidades, dando lugar a espacios de agua y de aire detenidos en el tiempo y el espacio por el fogonazo –imaginario- de algún “flash” indiscreto.
    Pudo representar con sus transparencias y oscuridades los años más duros de su vida, vivida en el exilio de la ciudad que Gaudí inmortalizó. Pero volvió, porque nunca se había ido. Y expuso, a pesar del odio que le inspira, ya que se expone él mismo y nos expone a todos: al recuerdo de los años más trágicos jamás vividos. Cachetéa y sobrecoge, por eso es arte. Muestra para que el más “taimado” se sacudo dentro sí mismo y reconozca lo que nunca quiso o pudo ver.
     
    Como padre, recupera a su hijo. Y expone, a pesar del dolor, su cuerpo, apenas sostenido por el espacio cristalizado en el infinito. Y lo reproduce, en tiempos más modernos, colgado – en temible cruxificción- de un poste urbano que sostiene el extendido eléctrico para descolgar un barrilete que contiene a Oliverio Girando. Y tienta a la parca. La sube al mismo camioncito  que lo lleva a pasear por Doc Sud, junto a otros compañeros de la vida. Y termina siendo él, recorriendo en silencio y con extrema timidez los pasillos de curiosos que separan a unas obras de otras. Y son suyas. Y habla como pidiendo permiso y con timidez dice “gracias”. Juan Carlos Distéfano, escultor y pintor argentino contemporáneo.

     

     

    MGP, septiembre de 1998, copyright ©